Qué nos pasa a la hora de expresar nuestras emociones

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Comenzaré diciendo que es importante tener presente que las emociones no se pueden definir como buenas o malas, uno no escoge sentir alegría, tristeza o ira frente a una situación o persona determinada. Es algo que brota en cada uno de manera diferente. Sin embargo, de lo que sí somos responsables es de lo que hacemos o dejamos de hacer con esos sentimientos.

Emociones y estado de ánimo son conceptos diferentes: mientras las emociones surgen repentinamente en respuesta a un determinado estímulo y duran unos segundos o minutos, los estados de ánimo son más ambiguos en su naturaleza perdurando durante horas o días. Las emociones pueden ser consideradas como algo cambiante mientras que los estados de ánimo son más estables. Más allá de emoción o estado de ánimo está el rasgo a largo plazo de la personalidad, que puede definirse como el tono emocional característico de una persona a lo largo del tiempo.

Aquí voy a utilizar sentimientos para referirnos a estados afectivos relativamente permanentes, que se instalan en nosotros e influencian con su afecto una situación o relación. Los sentimientos más básicos son: alegría, tristeza, miedo y enfado. Aunque hay mucho otros sentimientos por los que a menudo transitamos como pueden ser ternura, pena, odio, impotencia, ironía, sorpresa, aburrimiento, temor, queja, anhelo, impaciencia,…

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Es frecuente que a la hora de expresar nuestras emociones y sentimientos aparezcan sensaciones contradictorias. Expresar lo que a uno le pasa no es fácil y, muchas veces tememos que al reconocer ciertos sentimientos se nos pueda mirar mal, que nos juzguen, sentirnos desbordados y que se nos escapen de las manos, o sentirnos tremendamente vulnerables y desnudos frente a los demás. No podemos controlar, como dije al principio, lo que sentimos frente a una persona o situación: los sentimientos aparecen desde un aspecto no racional de nosotros mismos. Lo que sí podemos hacer es tener mayor conciencia de lo que sentimos, darnos cuenta en qué momento surgen esos sentimientos, y aceptar que podemos ser cambiantes en nuestros estados afectivos. Esto es estar vivo.

Pero ese estar vivo ocurre en una sociedad compleja donde aprendemos desde pequeños a controlar la expresión de los sentimientos o definitivamente a inhibirlos. Aprendemos que estar contentos es lo correcto mientras que estar triste es signo de debilidad. Se nos enseña que sentir puede ser un juego peligroso, tal vez porque cada sentimiento es una aventura hacia lo desconocido. Sin embargo somos seres emocionales viviendo en una sociedad compleja, y explorar lo que sentimos nos facilita conocernos mejor, mejorar nuestra autoestima, y comprender mejor el mundo en el que vivimos.

Existen ciertos roles tradicionales que la cultura asigna a cada sexo, lo que a veces nos lleva a pensar que ciertas emociones y su expresión son propios de uno u otro género. Por ejemplo, a los hombres parece que les es más permitido expresar rabia que tristeza (“los hombres no lloran”) y las mujeres no deben expresar rabia y así la inhiben (“no es femenino que grites, te desahogues o expreses tu indignación”).

Parte de las negativas consecuencias sociales de estas posiciones extremas son que la mujer que expresa su capacidad para pensar o su indignación en un momento dado son juzgas como agresivas o poco femeninas; y el hombre que expresa su afectividad es descalificado como poco varonil en su conducta.

Esta tradición cultural, que afortunadamente está cambiando, trae consecuencias catastróficas para el ser humano, sea del género que sea. Para poder abrirse a experiencias diferentes y nuevas el primer paso es mirar cómo hemos construido nuestra manera de socializarnos y cómo hemos internacionalizado el mundo en el que vivimos. Parece absurdo pensar que tengamos culpa o vergüenza por llorar, por reírnos a carcajadas o por enfadarnos desmedidamente, pero resulta que hay personas que han crecido en familias donde el lenguaje de los sentimientos no es tomado en cuenta (no se escuchan ni se dan tiempo para expresar la pena, alegría o miedo de las experiencias que están viviendo y/o si alguien lo hace le “miran raro”), pero si se pone atención cuando de una enfermedad física se trata.

Pues les diré que ya está muy estudiado que inhibir la expresión de nuestras emociones y sentimientos da lugar a enfermedad psicosomáticas que pueden ir desde una gastroenteritis hasta un infarto de miocardio. Es decir, no escucharnos ni permitirnos lo que sentimos nos enferma físicamente, además que afecta de manera muy negativa a como nos sentimos con nosotros mismos y a nuestra autoestima o a las ganas de vivir la vida y emprender nuestros sueños o simplemente sentir que merecemos existir como amar y ser amados.

Una práctica sana es en primer lugar escucharnos a nosotros mismos, tomar conciencia de lo que sentimos, de lo que nos queremos decir a través de esas emociones, expresar lo que no es expresado y canalizarlas y manifestarlas en el lugar y el tiempo adecuado. El viaje conlleva empezar por sabernos relacionar con nosotros mismos en primer lugar y luego, si la compañía y las condiciones lo permiten compartirlas con nuestro entorno. Esta práctica nos permitirá establecer relaciones más profundas, honestas y duraderas, a la par que nuestra autoestima y amor a la vida se verán fortalecidos.

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